Domingo, Mayo 20, 2012
   
Letra

La Iglesia

Soñé una iglesia, la típica, vieja, enorme, tenía dos niveles, abajo una capilla y la iglesia propiamente dicha, arriba. Era muy grande, muy elevada, vacía, con su cúpula decorada como en la época de la colonia. Lo más extraño es que el altar flotaba, y todavía más raro es que al padre lo subían con cuerdas, amarrado para que llegara a la altura del altar.

- No entiendo nada, dice Claudia.

- ¿Quieres entenderlo? Pregunta Maricela.

- Sí.

- Te voy a pedir que te describas siendo ésta iglesia, en primera persona, en presente y con los ojos cerrados. Busca la manera de graficarla con la postura de tu cuerpo. ¿Dónde la pones?

- Aquí.

Claudia camina hacia el centro del consultorio, Se para con las piernas ligeramente separadas, sube los brazos armando un arco con cada uno y juntando la punta de los dedos al centro. Parece una postura de ballet.

- Soy una bella construcción, grande, señorial, lujosa, predomina el mármol en mis paredes y piso. En mis nichos tengo santos en tamaño natural. Muchos ribetes dorados enmarcan cuadros y figuras de ángeles, estoy un poco recargada en adornos en oro y maderas trabajadas como filigrana, huelo delicioso, entre inciensos y muebles barnizados. Por ejemplo, mi sillería está impecable, de muy buena madera pulida.

Al mismo tiempo que describe, va dibujando con brazos y manos, nichos y ribetes por medio de círculos, medias lunas, ondas y filigranas cuando junta las yemas de sus tres dedos.

- En mis techos penden candiles enormes de vidrio cortado y cuentas, con muchos foquitos en forma de flama.

- Lo más espectacular en mí es el altar, nada lo sostiene, flota.

- ¿Qué te pasa con esto, qué sientes?

- Es como algo irreal, me siento superior, mareada de tanta importancia, no sé por qué, pero no necesito ningún sostén para estar en un nivel altísimo. Tengo a mi misma altura y en lugar de Cristo, a un hombre que para estar aquí es sostenido por cuerdas.

- ¿Qué sientes?

- Pues me da un poco de risa, me parece chistoso que este hombre que además que está en lugar de Dios, oficie la misa colgado. Se ve cómodo, casi feliz de ocupar este lugar. No le importa que desde arriba no pueda distinguir con claridad a la gente.

- Me intriga un poco que debajo de mi tengo una capilla demasiado humilde comparada conmigo, aunque limpia y decorosa, no tiene ningún adorno ni lujo.

- A ver, descríbete siendo este lugar. Muévete de sitio y cambia de posición física.

Se acuclilla y coloca los brazos en jarras.

- Soy un lugar pequeño, hecho de cemento, soy blanca, no tengo ningún lujo, estoy muy limpia, mis asientos son de pino. Ya sé, me ocupan para hacer bautizos, bueno, ceremonias para la gente sin recursos, yo cobro lo mínimo, además albergo a poca gente, arriba van tumultos, gente elegante, en mí hay personas cómo decir...., pues mediocres, seres que nunca salen de perico perro....

- ¿Qué sientes de tanta diferencia?

- Pues la verdad no me gusta.

- Díselo a la de arriba.

Sube la cara al techo.

- Sabes, me gustaría ser como tú, admirada, respetada, provocar envidia, que para entrar en mí las personas se tuvieran que poner sus mejores galas, a veces hasta bellos sombreros si la ceremonia lo amerita. Ni modo, me tocó ser la pobre, la escondida, la de abajo...

- ¿Con qué relacionas de tu historia, de tu vida, lo que estás diciendo y sintiendo?

Se queda callada, frunce el ceño, pareciera que aprieta los ojos en un gesto de concentración activa, hasta que encuentra la asociación; distiende la frente y dice:

- Mi familia paterna estaba dividida entre los pobres, incultos e ignorantes, y los universitarios, preparados y exitosos. Nosotros vivíamos en una unidad popular, con departamentitos como palomares, a mí me daba mucha vergüenza pertenecer a la chusma. En lo físico, no había diferencia, también éramos blancos, de facciones finas, cabellos rubios y ojos claros.

Claudia parece disfrutar la no diferencia por lo menos en lo físico, entre la parte de su familia rica, y ellos los pobres. Sonríe, mueve los brazos suavemente, acariciándose el cabello, se toca la perfecta línea de la nariz.

- La ropa que usábamos, sin marca, de cortes comunes, el no tener coche, ni vacaciones en Estados Unidos, Europa o de perdida en una playa, me hacía sentir muy infeliz.

Su cara expresa más disgusto que tristeza.

- Desde pequeña me juré pertenecer a los de arriba costara lo que costara, y lo logré. Yo he sido una luchadora, una triunfadora, siempre consigo lo que quiero.

Se queda callada. La cara está levantada en un gesto de insolencia.

- ¿Se te ocurre algo más desde aquí?

- No

- Te voy a pedir  que encarnes, que seas el señor que oficia la misa.

Claudia se levanta, se sube a una silla, abre los brazos y con los ojos cerrados, empieza su descripción.

- La verdad, no recuerdo con claridad cómo era.

- Pues invéntalo.

- Soy un hombre grande, de más de sesenta años, muy distinguido. De estatura media, muy blanco, cabello cano y rubio, cara ovalada, cejas escasas. Frente amplia, nariz aguileña, boca mediana de labios delgados con un gesto un poco cruel. Estoy vestido... ¿cómo estoy....? Pues de traje claro, con una toga blanca encima... Me siento superior... muy superior. Por eso pedí que me subieran lo más alto que se pudiera, para que les sea evidente a los feligreses que soy inalcanzable, para además no verlos, ¿para qué? Me siento excelente, a mis anchas.

- ¿Qué te provoca este hombre, qué sientes?

- Angustia.... hasta siento que me quedo sin aliento... como si fuera muy peligroso, como si de él dependieran vidas y haciendas... ¿qué estoy diciendo?, ya sé quién es ¡es mi abuelo!

Claudia abre los ojos realmente sorprendida y me dice:

- Es el padre de mi papá.

- ¿Cómo entiendes su posición en el altar flotante?

- Pues que en alguna medida está fuera de la realidad, no que esté totalmente loco, pero... El lleva una doble vida, como patriarca era la rectitud con patas, rígido, exigente, una autoridad total, no soportaba ver menoscabado su poder, decidía todo, a quien se le daba el dinero, a quien nada, como a nosotros...

A pesar de que ella perteneció al grupo que fue rechazado y humillado, su posición física, los gestos, el tono, los movimientos, son de seguridad, sin llegar a la soberbia. Estoy esperando que sienta tristeza y que se la pueda leer en cualquier registro, pero no, no la expresa: la posición corporal es erguida, la voz segura, la mirada directa, sin lágrimas.

Todos los domingos padecí la tortura de ir a comer a su casa, el comedor era enorme, con una mesa rectangular donde él se sentaba en la cabecera, mi abuela a su derecha, y luego por donde de importancia sus hijos, así que a nosotros nos tocaba hasta el final. Desde luego, a los niños no se nos permitía hablar. Tengo que reconocer que lo admiré muchísimo porque sí era culto, sabía de muchos temas, en esa casa había una biblioteca enorme, yo entraba ahí y se me caía la baba.

Este relato lo hace con los ojos abiertos, acomoda los almohadones, se recuesta, mueve con cadencia los brazos:

- Por otro lado, tenía una amante o muchas, se rumora que también hijos a los que nunca reconoció, en esa vida era libertino, derrochaba dinero, bebía, y con la familia era moralista, intransigente, inamovible.

- Como yo envidiaba la vida de esa parte de mi familia, decidí armarme de valor y pedirle a mi abuelo que me pagar una escuela privada para estudiar bien la secundaria, sobre todo para hacer relaciones con los hijos de gente importante para así labrarme un camino diferente al del mediocre de mi papá. Mis argumentos lo sorprendieron gratamente, yo sabía que era una de sus nietas preferidas por bonita y lista.

- Me contesto que sí, que escogiera la escuela que yo quisiera, pero me hizo una advertencia escalofriante, que si reprobaba alguna materia habría muerto para él.

- Al final del primer año, había reprobado dos materias, fui a hablar con él, con la seguridad de que lo iba a convencer de que el maestro me tenía mala voluntad, que la profesora era muy injusta, etc. etc. Me miró con una frialdad que no le conocía y me dijo: te lo advertí, para mi estás muerta, ya no existes.

- Le lloré, supliqué, le prometí el oro y el moro. Jamás me volvió a dirigir la palabra ni la mirada.

- Cierra los ojos y dile lo que sientes. Míralo colgado en el altar, no lo dejes de ver y dile lo que te pasa.

Se levanta del piso como resorte, cierra los puños y grita:

- ¡Eres un hipócrita, un malvado!, ¡cruel y desalmado!, me hiciste pomada, no tuviste un ápice de compasión, de compresión, ¡yo era una niña!

Abre los ojos, busca una silla se sienta cómodamente, para explicarme.

- Cuando murió, ya me había casado, habían nacido mis dos hijos, estuvo varias semanas grave, les pedí a mis tíos, los importantes, que me permitieran cuidarlo.

- ¿Tienes idea para qué?

- Sí, quería tenerlo en mis manos, que dependiera de mí, hacer que me viera, me agradeciera...

- Ellos aceptaron porque la verdad nadie quería esa tarea, claro, tenía una enfermera de día y de noche, pero se necesitaba la supervisión de alguien de la familia. Durante esos días recibías mis cuidados sin hablarme ni mirarme, como si no existiera.

Se va deslizando hacia el piso...

Ahora sí su cara manifiesta dolor, las lágrimas ruedan mansamente por sus mejillas, no hace aspavientos, se queda sentada en el suelo, las manos con apoyadas sobre la alfombra, la cabeza ladeada.

- Me da la impresión que más de una vez has sido tratada con extrema crueldad, "como si no existieras" ¿estoy en lo cierto?

- Sí, creo que sí. Para mi próxima sesión contaré sobre eso, porque me di cuenta de más cosas, mientras vivía esta experiencia.

- ¿Por qué dentro de una semana?

- Es que son muy fuertes estos trabajos, para qué abrir más temas.

- Lo único que le puedo decir es que me parezco a mi abuelo, yo también pierdo el piso, me puedo sentir superior y a veces he sido cruel...

 

 Lo que Claudia comprendió a través del trabajo del sueño, y esto en una sola sesión.  Fue su gran parecido con el abuelo odiado y anhelado. Porque  después me contó, todo lo relacionado  a esta identificación, la unió a que en el vínculo con su marido, nunca nada le era suficiente y cuando él mostró un mínimo error, Claudia lo borró de su vida y se ligó a otro hombre.

Ante este descubrimiento pospuso la idea del divorcio, hasta lograr entender qué resortes desconocidos la empujaban a comportarse  de la manera en que lo hacía, tan arbitraria y prepotente como su abuelo.

También tomó conciencia clara de que no tenía un buen contacto con la realidad, ya que vivía  en un status superior a sus verdaderos ingresos y por consecuencia siempre traía las tarjetas rebasadas, y tenía que hacer malabares para cubrirlas.

Lo que más trabajo le costó, debido a su  soberbia, fue contactar con el dolor de la humillación de haber sido vista como mediocre y poca cosa por haber sido pobre.

Salió de esta experiencia sintiéndose renovada, ligerita porque ya no quería seguir viviendo en las nubes.

Verdaderamente sorprendida al percatarse de cómo los conflictos  de la infancia se arrastran hacia la vida adulta con las consecuencias descubiertas.

Reestablecer Posiciones